La oreja

 

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A diferencia de aquél otro de El Gigante Egoísta de Oscar Wilde, éste era un jardín exclusivamente abierto a la infancia. 

Adolescentes, jóvenes o adultos habían quedado expulsados de nuestro secreto Edén Infantil, pues una especie de misteriosa ley no escrita les vetaba la entrada.

El jardín tenía varios niveles, el primero – a pie de calle junto a la casita con porche –, estaba cuajado de rosales, jazmín y galán de noche. Desprendía un aroma hipnotizante que atraía a cualquier transeúnte en cuanto doblaba la esquina de la calle. Sin embargo, sólo los críos del barrio gozábamos el privilegio de atravesar la verja que lo precintaba.
Cuando nos adentrábamos en el jardín entre los rosales, descendíamos un par de niveles sembrados de plantas igualmente cuidadas con suma delicadeza y, en el último bancal, en el nivel más bajo, se encontraba, agazapada, nuestra ansiada zona de baño coronada por la popularmente conocida “Piscina de La Oreja”.
Debía su denominación a la balsa en forma de oreja o riñón que contenía agua de dudosa salubridad, detalle que a nosotros nos traía totalmente sin cuidado, dada la ausencia de adultos que nos advirtieran de alguna prevención o prohibición.
Cuando alguno de ellos, en plena mañana estival, nos preguntaba a los niños: – ¿A dónde vais?
La respuesta era: – A la Piscina de La Oreja.
Sin embargo, si la pregunta se repetía al anochecer cuando nuestras madres nos habían entregado el bocadillo para cenar entre juegos por la calle, aunque el lugar al que nos dirigíamos era el mismo, la respuesta cambiaba: – A casa de la Srta. Amparín.

La Srta. Amparín era la cabeza visible de los tres únicos adultos y habitantes de “nuestro” jardín. Ellos vivían en la casa a la que los niños sólo teníamos acceso al porche al anochecer. Allí, entre mordiscos de bocadillo y efluvios aromáticos de jazmín, rosa y galán de noche, ella nos disponía en círculo sentados en sillas. Entonces dirigía juegos de rifa para condimentar nuestra cena con diminutos biberones o botijos de plástico llenos de anisitos multicolores. También había otros premios en forma de pequeñas pelotas, pitos, caramelos e historias narradas.

Al margen de nuestros encuentros matinales y nocturnos, a la Srta. Amparín también se la podía ver por la calle paseando o haciendo sus pequeñas compras diarias. La estampa no era una imagen trivial. Se trataba de una mujer ya mayor de deslumbrante elegancia. Solía vestir de blanco y recordaba a esos personajes femeninos de Sorolla. A su lado – con una familiaridad cargada de respeto –, caminaba frecuentemente su criada sosteniendo con delicadeza sobre la cabeza de la Srta. Amparín una sombrilla, también blanca, que la protegía de los rayos solares.
Se habían afincado en el pueblo, al menos durante los veranos. Sus habituales visitantes infantiles no sabíamos desde cuándo ni por qué. Oíamos decir que habían venido de una ciudad, pero a nosotros nos parecían, más bien, habitantes llegados de algún mágico lugar legendario.

Al tercer miembro del grupo se le conocía como Don Eduardo. Era mayor y más menudo que la Srta. Amparín, aunque no menos elegante. Con frecuencia vestía impecables trajes de chaqueta muy claros tocados con sombrero blanco y bastón; éste último, más como complemento que por exigencias de la edad.
Con los niños tenía Don Eduardo un trato amable y muy educado, pero se mantenía más a distancia que las dos mujeres.
Socialmente, el pueblo había decidido reconocer a Don Eduardo con el parentesco con el que había sido presentado: el primo de la Srta. Amparín.

 

la oreja

 

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Debió llegar un tiempo en que nosotros mismos, casi sin percatarnos, habíamos crecido y, con un sigilo imperceptible, pasamos a engrosar las filas de exiliados de aquel aromático Edén. 

Años más tarde, con la muerte de los elegantes primos, la heredera de nuestro paraíso estival infantil, ya desaparecido, fue la discretísima criada.

 

Greeting realizado por Ana-Luisa Ramírez

Fotografías proporcionadas por la autora

 

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